miércoles 3 de junio de 2009

Trust

CALIFICACIÓN: ***



FICHA TÉCNICA:
Dirección: Hal Hartley. Intérpretes: Martin Donovan, Adrienne Shelly, Merritt Nelson, John MacKay, Edie Falco, Karen Sillas. Guión: Hal Hartley. Fotografía: Michael Spiller . Música: Phil Red. Nacionalidad: USA, 1990. Duración: 107 min. Género: Comedia dramática.

La posmodernidad es un término que se utiliza para clasificar, de manera general, la situación artística y cultural que surgió tras la Segunda Guerra Mundial. Con él se pretendía calificar esa ruptura con todo lo anterior, con el modernismo, y las nuevas facetas culturales que surgían durante la segunda mitad del siglo XX. El término se puede aplicar a prácticamente todos los ámbitos artísticos, desde la arquitectura hasta la literatura o la filosofía. Por supuesto, el cine también se vio influenciado por esta nueva corriente, adoptando distintos elementos a su propia forma de ser.
En el séptimo arte se produjo una ruptura bastante significativa con todo lo anterior. Los patrones que marcó el clasicismo hollywoodiense no cayeron en desuso, pero sí se realizaron proyectos paralelos que no estaban marcados por el estilo clásico y que permitían crear historias sobre personajes que no tenían mucha relación con los prototipos que se dieron en el clasicismo.
Una película paradigmática del posmodernismo es Trust, la quinta obra del director independiente Hal Hartley. En ella podemos encontrar gran mayoría de los elementos que caracterizan este movimiento, desde la casualidad como motor de la historia, hasta la minimalista puesta en escena, que sólo muestra a los actores en planos cortos.
En el comienzo de la película ya nos damos cuenta de lo impactante de la historia: tras los primeros créditos y con un corte directo, sin ningún tipo de fundido en negro, se nos muestra un primer plano de la protagonista maquillándose, y lo primero que tiene que decir es que le den 5 dólares. La introducción directa en la historia, que obliga al espectador a mantenerse atento a la película desde el primer momento, está completamente alejado de esas introducciones clásicas con fundidos y movimientos de grúa para situarnos en la casa, la tienda, o cualquier otro escenario donde va a tener lugar la primera escena. Aquí no importa el tiempo ni el lugar: lo principal son los personajes, sus sentimientos, sus decisiones y sus motivos.
En contraposición del clasicismo, los personajes son seres sin objetivos, abocados a las crisis personales y sin metas por las que tengan que luchar. Viven el día a día, sin importarles el futuro ni el pasado: el presente es lo único que les importa. Ellos son el centro de la historia, especialmente la pareja protagonista: la insostenible situación familiar en la que se encuentran, los obstáculos que deben superar, etc.
Es una vida impuesta, que no desean pero de la que tampoco pueden escapar. Es muy interesante cómo Maria, al comienzo de la película, tiene muy claro cómo va a ser su futuro: se casará con el capitán del equipo de fútbol que la ha dejado embarazada, que trabajará con su padre y ganarán mucho dinero. Sin embargo, cuando el quarterback pone fin a todos esos sueños, ella se da cuenta de que es prácticamente imposible salir de la situación en la que se encuentra. No es suficiente con soñar un futuro ideal, la cruda realidad siempre se impondrá y romperá esos deseos. A partir de aquí se produce en giro de 180 grados en su concepción de la vida y de lo que va a hacer con ella: al principio es una joven despreocupada que sólo piensa en disfrutar del momento, sin importarle su familia u otras personas, sólo ella misma. Sin embargo ante esta nueva situación y la muerte de su padre decide sentar la cabeza y buscar un trabajo.
Algo muy similar le ocurre a Matthew, que forma el dúo protagonista junto a Maria. El trabajo es una imposición familiar, se ve obligado a trabajar ya sea por el intento de integrarse en la sociedad de producción a la que, al menos en su interior, no quiere pertenecer, o por el deseo de alejarse de la vida familiar que tiene en casa de su padre. Los protagonistas no se presentan como seres sociables, que disfruten de un sinfín de amigos y extrovertidos, la soledad marca sus vidas y la única compañía que tienen al principio es la de sus familias, que por otro lado hacen de su existencia un continuo sufrimiento. Son seres muy alejados de ese ideal clásico de personajes que entablan conversación con cualquier persona que aparezca en pantalla, que siempre son bien recibidos al lugar adonde vayan y que se muestren felices por toda esa interrelación con sus semejantes. Aquí lo que predomina es el aislamiento social, la introversión de los sentimientos, que por un momento se quiebra por el encuentro casual de los dos protagonistas.
La casualidad también es un elemento clave, además de en esta película, del posmodernismo. Los hechos que ocurren no tienen un porqué, simplemente suceden. Así se yuxtaponen unos con otros, generando una historia plagada de casualidades que marcan los efectos posteriores de las decisiones y de los hechos que acontecen. Un ejemplo muy claro es la escena donde se conocen los dos protagonistas: ella se acaba de escapar de su casa y se refugia en otra abandonada donde, casualmente, aparece Matthew que la da un techo y una cama donde dormir y pasar la noche. Situaciones como esta, que marcarán el desarrollo de la historia de manera capital, se resuelven por el azar, sin ningún tipo de motivo que pueda dar sentido a lo que ocurre. La búsqueda del realismo es lo que conlleva la aparición de estas casualidades, que marcan los caminos en la vida real y que por lo tanto también lo hacen en la ficción.
El realismo, el azar o los personajes que viven su vida sin objetivos por los que luchar, son constantes del posmodernismo y Trust, como paradigma de este movimiento, sabe adoptarlas e introducirlas en la historia de estos dos protagonistas tan desorientados con su vida.


Carlos Sanz

viernes 20 de marzo de 2009

Revolutionary Road

CALIFICACIÓN: ***


FICHA TÉCNICA:
Dirección: Sam Mendes. Intérpretes: Leonardo DiCaprio, Kate Winslet, Kathy Bates, Michael Shannon, Kathryn Hahn, David Harbour. Guión: Justin Haythe. Fotografía: Roger Deakins. Música: Thomas Newman. Nacionalidad: USA, 2008. Duración: 119 min. Género: Drama romántico.

Pocos directores pueden alardear de contar con una ópera prima como American Beauty. Sam Mendes, después de su exitoso pasado como director teatral, se pasó a la realización cinematográfica con unos resultados asombrosos, dejándonos una de las mejores cintas de principios de nuestro siglo.
Pese a que su siguiente cinta, Camino a la Perdición, que no alcanzó el nivel de su predecesora pero que también es digna de mencionarse, parece que el director quiere volver a sus orígenes. Y lo hace sin ningún tipo de tapujos.
Por supuesto, siempre hay salvedades entre su ópera prima y la que nos ocupa, como que están ambientadas en distintas épocas de la historia americana contemporánea y con personajes de edades distintas, o que Revolutionary Road persigue un tono más dramático, más crudo, que se aleja de ese humor irónico que predominaba en American Beauty.
Sin embargo en las dos se muestra (y se demuestra) que existe una cara oculta del famoso American Way of Life: las familias perfectas con hijos angelicales que disfrutan de una vida llena de felicidad sin ningún tipo de problemas. Son familias a las que todo les va bien: los padres no tienen problemas en el trabajo y los niños sólo piensan en sacar buenas notas y portarse bien, y todos viven en grandes casas con enormes jardines para que sus hijos jueguen sin preocuparse de nada.
Aquí Mendes nos quiere enseñar los cimientos que sostienen esas fachadas impolutas, que aguantan como pueden durante un tiempo, pero que finalmente tienen que ceder. Se basa en el matrimonio de Winslet y DiCaprio (una de las bazas publicitarias de la película fue ver de nuevo a la pareja junta tras Titanic), un joven matrimonio que se muda a las afueras de la ciudad durante los famosos años 50, en los que se produjo este boom de trasladarse a barrios residenciales para crear una familia.
La película nos presenta a los Wheeler cuando se conocen, que en su juventud sólo piensan en disfrutar de la vida y en saborear cada segundo, sin que ningún tipo de obligaciones les ponga trabas a sus sueños. Pero pronto se dan cuenta de que lo que ellos quieran, no será lo que vivan: los pensamientos bohemios de vivir en París, el deseo de Winslet de ser actriz, pronto se ven truncados por la búsqueda de trabajo, de una hipoteca, y de unos hijos que deben mantener.
Ya desde el primer momento el espectador se puede dar cuenta de que ese matrimonio no funciona. Se producen dos espacios claramente diferenciados: cuando están en público y cuando se encuentran en privado. Las emociones, los sentimientos y sobre todo las conversaciones se ven condicionadas dependiendo del espacio en el que se encuentren los protagonistas, algo que repite el director hasta la saciedad. Continuamente nos muestra discusiones entre ellos, diálogos que comienzan con un tono clamado pero en los que progresivamente van introduciendo hechos que se han estado guardando durante mucho tiempo y que finalmente deben salir a la luz y explotar.
Así entramos en una continua espiral de este tipo de conversaciones, algunas con su razón de ser, pero otras parece que la única intención que tienen es demostrar que ese matrimonio no anda bien, algo que nos queda claro desde el primer momento.
Y nos queda claro desde los primeros instantes porque ya al principio nos muestra sus discusiones: la que se produce en el arcén de la carretera, y que es la más natural de todas, quizá porque es la primera que vemos y a las ya nos “acostumbra”.
Esto, a grandes rasgos, se da porque ninguno de los dos está contento con la vida que lleva, aunque cada uno de ellos tiene posturas diferentes al respecto: mientras que ella lucha por intentar cambiar la situación para salir de esa vida que no ha elegido, él se muestra demasiado cobarde y continuamente se echa para atrás ante las reiteradas acometidas de Winslet.
Sin embargo, hay un punto que cabe destacar de la película: su gran reparto. Aquí Mendes vuelve a demostrar su pasado de director de actores, definiendo a cada uno de ellos y restringiéndolos a sus cometidos. No sólo la pareja principal están sublimes, también los secundarios. El caso de Kathy Bates no nos debería sorprender a estas alturas: a lo largo de su carrera ha demostrado su saber hacer tanto en personajes principales (Misery) como en secundarios (A Propósito de Schmidt).
La interpretación que realmente sorprende y que cabe destacar por encima de las demás es la de Michael Shannon como hijo “loco” de Bates. Y lo digo entre comillas porque en realidad es que el está más cuerdo de todos los presentes: el único que se atreve a decir la verdad y a expresar lo que todos piensan. La idea de sólo poder hablar de lo políticamente correcto, que conlleva a los demás personajes a interiorizar sus sentimientos en público prefiriendo guardárselos a exteriorizarlos, Shannon se la salta completamente y no tiene ningún reparo en demostrar al joven matrimonio cuáles son sus problemas.
Después de todo esto ¿se podría hablar de Revolutionary Road como una “segunda parte” de American Beauty? Lo que sí está claro es que las dos cintas persiguen las mismas intenciones, aunque no utilicen los mismos caminos para conseguirlos.
Sin embargo prefiero quedarme con unas declaraciones de DiCaprio a propósito de la cinta y con relación al “morbo” de ver a la pareja de Titanic juntos en la pantalla 11 años después: “¿Qué hubiera sucedido si, tras del naufragio del Titanic, Rose y Jack se hubieran casado, formado una familia y desenamorado paulatinamente el uno del otro? Pues de eso trata Revolutionary Road.”

Carlos Sanz

miércoles 25 de febrero de 2009

Gran Torino

CALIFICACIÓN: *****


FICHA TÉCNICA:
Dirección: Clint Eastwood. Intérpretes: Clint Eastwood, Cory Hardrict, Geraldine Hughes, Brian Haley, Dreama Walker, Brian Howe. Guión: Nick Schenk. Fotografía: Tom Stern. Música: Kyle Eastwood & Michael Stevens. Nacionalidad: USA, 2008. Duración: 116 min. Género: Drama.

¿Cómo sería Harry el Sucio si tuviera 75 años?¿Qué sería de “el Manco” o de “el Rubio” si ya tuviera nieto? En la última película de Eastwood, Gran Torino, parece que el director intenta personificar estas cuestiones en el cuerpo de Walt Kowalski, un veterano de la Guerra de Corea que se encuentra en un mundo muy distinto al que vivió durante su juventud, con un panorama que le resulta desolador y del que aprecia ningún punto positivo.
En la primera escena, que narra el funeral de la esposa de Walt, Eastwood nos presenta perfectamente a su protagonista como el paradigma de hombre anclado en los valores tradicionales, que cree en el trabajo duro y en la modestia. ¿Quién no tiene un abuelo o abuela que se escandaliza al ver las vestimentas de las nuevas generaciones? Esto mismo es lo que le ocurre a Walt cuando observa a su nieta, exteriorizándolo con ese gruñido patentado por Eastwood.
Pero el protagonista no sólo representa a un anciano que no es capaz de aceptar los nuevos tiempos, que no puede entender como su tradición ha dado paso a algo tan alejado de lo que él cree: también simboliza la propia historia de los Estados Unidos desde un punto de vista más conservador. Ese conservadurismo tan arraigado en algunas zonas de Norteamérica, ha estado muy presente a lo largo del pasado siglo en la potencia americana, y por lo tanto dentro de su sociedad y de su cultura. El pensamiento conservador de parte del país estadounidense choca frontalmente con las nuevas generaciones que vienen, mucho más libertinas, a las que deben aceptar aunque no las compartan. Así, Eastwood acomoda a su protagonista en un vecindario tradicionalmente habitado por estadounidenses que poco a poco, debido a la inmigración asiática, dejan sus viviendas que adquieren los extranjeros. Por ello podríamos decir que Walt se encuentra aislado en su propio vecindario, sobre todo tras la muerte de su esposa que era la única que le mantenía unido a una tradición que ahora parece haber desaparecido completamente. Parece que esta situación le llega por sorpresa: no se da cuenta de cómo ha cambiado el vecindario hasta que no tiene a nadie que comparta su ideología. Antes había vivido en su propia casa sin tener cuentas con el mundo exterior pero ahora se ve obligado a conocer la realidad y aceptarla, aunque al principio la deteste. Aunque Eastwood se centra explícitamente en la situación norteamericana y su inmigración, este tema se podría extrapolar a cualquier otro país desarrollado del mundo.
A lo largo de la película se van sucediendo las escenas donde su soledad le llevan, obligatoriamente, a tomar contacto con la familia asiática que vive en la casa de al lado. Aunque al principio se opone completamente paulatinamente lo acepta puesto que, como él mismo dice: “podría beber con extraños, que es mejor que hacerlo solo”.
A partir de ahí va descubriendo que todo en lo que creía y que defendía a ultranza no puede sostenerse: “tengo más cosas en común con estos amarillos que con mi propia familia”. Para éstos últimos sólo parece existir cuando le quieren pedir algo o cuando necesitan su ayuda. Sus hijos le ven como un anciano que no puede valerse por si mismo al que hay que llevar a una residencia para vender su casa y repartirse el dinero, mientras que sus nietos sólo son amables con el para conseguir sus pertenencias, como el Gran Torino del 72. Desde el principio Walt está descontento con esta situación y parece que con no tener contacto con ellos podría sobrellevarlo. Sin embargo, con el fallecimiento de su esposa, se encuentra solo y a su familia no puede acudir, por lo que encuentra refugio en los extranjeros a los que tanto odia.
Éstos también se encuentran anclados en unos valores muy tradicionales, con numerosos ritos y ceremonias, supersticiones y creencias. Las nuevas generaciones de los Hmong tampoco se encuentran a gusto con sus costumbres ancestrales, y ven en las de Walt una vía de escape: aunque él también es “de la vieja escuela”, es estadounidense, algo con suficiente fuerza para los jóvenes asiáticos como para poder alejarse de sus tradiciones.
Pese a un tema tan delicado de la película como es la inmigración en los países desarrollados y su impacto sociocultural, Eastwood sabe cómo tratarlo perfectamente desde un punto de vista objetivo. Los prejuicios que mantiene el protagonista el principio de la cinta son sólo el primer paso de la evolución que sufre a lo largo de la película, pero con los que el director no se obsesiona demasiado. En las primeras escenas Walt piensa en los extranjeros como personas que deberían haberse quedado en su país, que no tenían que haber llegado a su vecindario. Paulatinamente, según los va conociendo y descubriendo los elementos que tiene en común con ellos, también se da cuenta que son ellos los que más aportan a su país, los que trabajan más duro y los que más luchan por salir adelante. En referencia a esto, la escena en que Thao está reparando la casa que se encuentra enfrente a la de Walt, demuestra que son ellos los que “limpian” la sociedad, los que trabajan duramente mientras que nosotros sólo lo disfrutamos.
Eastwood demuestra, una vez más, por qué se encuentra en el panteón de los más grandes genios del séptimo arte. Ha conseguido elaborar una historia de temas complejos, a los que sabe tratar perfectamente. Pese a la tendencia que tiene por subrayar algunos referentes, como las continuas alusiones que hace Walt a la Guerra de Corea, el director consigue una obra redonda, que demuestra que todavía nos queda Eastwood para rato. Como apunte, también hay que decir que no sólo produce y dirige la cinta, sino que también escribió la canción que aparece en los créditos finales: “Gran Torino”.
Clint Eastwood no sólo ha resucitado a Harry el Sucio o a “el Manco”, también ha demostrado que hasta ellos tienen su pequeño corazoncito y que saben demostrarlo: no todo se arregla a tiros sino que existen mejores soluciones para que los malos paguen sus fechorías, como nos demuestra el final.

Carlos Sanz

jueves 19 de febrero de 2009

Léolo

CALIFICACIÓN: ***


FICHA TÉCNICA:
Dirección: Jean-Claude Lauzon. Intérpretes: Maxime Collin, Gilbert Sicotte, Ginette Reno, Julien Guiomar, Giuditta del Vecchio. Guión: Jean-Claude Lauzon. Fotografía: Guy Dufaux. Música: Richard Gregoire. Nacionalidad: Canadá, 1992. Duración: 107 min. Género: Drama.

La película trata la historia de Léolo, un niño que vive en un barrio pobre de Montreal con su excéntrica familia. Cada uno de ellos convive con sus fantasmas interiores, unos más que otros, mientras que el protagonista utiliza su imaginación para evadirse de esa realidad impuesta. Es un ser que no ha elegido vivir ahí, que se encuentra muy alejado de donde realmente quisiera estar, pero que no puede huir, al menos no físicamente.
Su imaginación, sus textos y el único libro que encuentra en casa y que puede leer, le sirven como trampolín para escapar fuera de esa realidad que odia pero que debe aceptar. Esos escritos sirven a la historia como hilo conductor, unido a otro de los personajes capitales de la película: el domador de versos.
Se trata de un hombre que se dedica a rastrear las basuras ajenas buscando cualquier cosa que pueda considerar artística, como una fotografía o un texto. Por eso cuando encuentra los escritos de Léolo, no puede evitar mostrar un gran interés por ellos, y por lo tanto por el propio niño: sus frases son sinceras, plasman lo que realmente siente, pero que no puede decir a nadie de su entorno porque no le entenderían. Ese genio encerrado fascina al domador de versos y nos permite conocer la historia.
Su desarrollo es muy peculiar puesto que no se da un orden cronológico que narre los hechos, los cuales sólo conocemos por los textos de Léolo. El tiempo se fracciona, y se encadenan las escenas sin ningún tipo de orden ni de explicación del momento en el que nos encontramos: parece como si se hubiera rodado la historia cronológicamente y en la sala de montaje se hayan puesto al azar las distintas escenas. Esto es, por otro lado, una manera de trabajar muy propia de otros cineastas como Takeshi Kitano.
Este (des)orden puede estar provocado por el propio domador de versos que nos muestra la historia, puesto que él no la narra, según descubre nuevos escritos del niño. Así se suceden las escenas sin ningún tipo de explicación aparente, puesto que tampoco sirven a temas que se desarrollen en varias secuencias, sino que cada una trata una pequeña historia dentro del argumento general. El collage que se genera a partir de estas pequeñas situaciones es lo que conforma el producto final.
¿Por qué seguir este orden en vez de desarrollar la historia de forma cronológica? Se puede pensar que se debe al azar, o que no persigue una finalidad concreta, sin embargo en el cine no existe nada casual. Esa utilización del tiempo puede estar regida por la voluntad de querer contar la historia tal y como la va descubriendo el domador, para conseguir que tanto él como el espectador no sepa cuál va a ser la siguiente situación con la que se va a encontrar. Sin embargo, en los planos finales, el domador se encuentra en una especie de oscura biblioteca donde guarda todos los “tesoros” que ha encontrado en las basuras ajenas y, por lo tanto, los escritos de Léolo. Así que, puesto que ya los tiene todos ¿por qué no leerlos en orden? Cada uno puede tener su propia visión del tema pero, personalmente, pienso que la intención de esto es mostrar la historia al espectador tal y como la vivió el niño: una vida sin orden, donde los pensamientos se amontonan en su cabeza y donde las situaciones se suceden ajenas a sus deseos.
Decía antes que el domador de versos nos muestra la historia pero no la narra. Podemos escuchar una voz en off que describe lo que supuestamente está escrito en los textos de Léolo, y que lo más lógico sería pensar que se trata la voz del domador. Sin embargo, cuando éste habla, se pueden distinguir distintas tonalidades de voz, por lo que no se trata de la misma persona. ¿Puede ser que se refiera a la voz interior del niño que habla a la vez que éste escribe? Sería la explicación más razonable puesto que sólo Léolo y el domador han leído los textos, así que si no es la voz de uno debe ser la de el otro.
Después de todo esto, sólo cabe destacar cómo Lauzon consigue alterar el tiempo narrativo de forma tan significativa pero sin que afecte a la coherencia del relato. Pese a que en la mayoría de las escenas no podemos aclarar en qué momento cronológico exacto nos encontramos, la película no pierde ni un ápice de sentido.

Carlos Sanz

lunes 16 de febrero de 2009

Slumdog Millionaire

CALIFICACIÓN: *****


FICHA TÉCNICA:
Dirección: Danny Boyle & Loveleen Tandan. Intérpretes: Dev Patel, Freida Pinto, Madhur Mittal, Anil Kapoor, Irrfan Khan, Mia Drake. Guión: Simon Beaufoy. Fotografía: Anthony Dod Mantle. Música: A.R. Rahman. Nacionalidad: Gran Bretaña & USA, 2008. Duración: 120 min. Género: Drama romántico.

Slumdog Millionaire es la película que más premios se ha llevado en la Historia en su carrera a los Oscars. Entre ellos se cuentan el Globo de Oro, el BAFTA, el que concede la Asociación de Críticos Cinematográficos de Radio, Televisión e Internet, y un largo etcétera. Pero no sólo ha triunfado en las candidaturas a Mejor Película: su director, Danny Boyle, también ha recibido la mayoría de premios a los que ha optado, convirtiéndose en un claro favorito para llevarse la famosa estatuilla dorada el próximo día 22.
Cuando uno observa esa larga lista de galardones, no puede evitar preguntarse qué tiene esta cinta que la hace arrasar en cualquier entrega de premios a los que esté nominada. La respuesta sólo se puede conseguir tras verla, y no puede ser más elocuente su contestación.
Slumdog Millionaire cuenta la historia de Jamal Malik, un adolescente de clase baja casi analfabeto que concursa en el famoso programa de televisión “¿Quieres ser Millonario?” y que, para sorpresa de todo el mundo, consigue acertar las preguntas y llegar hasta la última de todas. Así, los miembros del programa encuentran muy sospechosa esta situación y la única explicación razonable que se les ocurre es que el chico tenía una ayuda externa. A partir de ahí comienza una historia que va más allá del programa, incluso más que la vida del propio protagonista: nos sumergimos en los barrios más pobres de Bombay para acompañar, desde su infancia hasta la actualidad, a Jamal y a su hermano Salim en su lucha por salir de su barrio chabolista y alcanzar una vida mejor.
Con ello se suceden toda una serie de escenas que podrían estar sacadas perfectamente de una novela de Dickens, pero que Boyle sabe adaptar perfectamente al mundo oriental, y concretamente a la cultura india. El afán de supervivencia, de sobreponerse a cualquier dificultad que les surja, de mirar siempre adelante y de hacerse en un hueco en un mundo donde los niños son completamente marginados son las principales vivencias en esa etapa de su infancia. Etapa que les hará madurar y que les enseñará cosas muy valiosas para su futuro, especialmente a Jamal durante el concurso.
La estructura de constantes flashbacks, aunque pueda parecer algo confusa en principio, se convierte en algo perfectamente coherente, guiando al espectador de manera magistral sin dejar que se pierda. Estas revisiones a hechos pasados siguen un orden cronológico que está estrechamente relacionado con las preguntas que debe contestar el protagonista para avanzar en el concurso. Pero después de observar estas similitudes es casi obligado preguntarse: ¿las respuestas le sirven para avanzar en el programa o para hacerlo en la vida?¿No deberíamos hablar de que la historia pretende transmitirnos la idea de que si eliges la respuesta incorrecta en la vida serás eliminado antes?
Esta premisa se ve reforzada por la meta que le marcan esos dos caminos en su vida: por un lado el premio de 20 millones de rupias y por el otro la chica a la que siempre ha amado y con la que siempre ha querido estar. Cada una de las respuestas acertadas, y de las decisiones correctas, le llevan a estar más cerca de esos objetivos.
Tampoco deja de ser un poco paradójico que durante su infancia están luchando por conseguir un par de monedas, creyendo que con el dinero podrán alcanzar la felicidad y salir del barrio pobre en el que viven. Pero cuando Jamal consigue los 10 millones de rupias, se demuestra que es incluso más infeliz que cuando era niño, porque creen que ha hecho trampas: le torturan para que confiese su modus operandi y ni con todo el dinero que tiene puede librarse de ese sufrimiento.
Pese a que el reparto no es uno de los puntos fuertes de la película, la magistral dirección que realiza Danny Boyle de ellos, jugando sobre todo con las emociones y con sus sentimientos dentro de todo tipo de situaciones, sustentan a la película por sí mismos. Si a esto le unimos el gran trabajo de guión que ha realizado Simon Beaufoy a partir de la novela Q & A de Vikas Swarup, no podemos menos que hablar de una película redonda.
Mención aparte merece la Banda Sonora, con unas canciones (dos de ellas optan al Oscar) que saben adaptarse perfectamente a las situaciones a las que acompañan. La música electrónica predominante se conjuga con instrumentos indios que no desentonan con las imágenes.
Como decía al principio, la innumerable lista de premios que han obtenido tanto la película como su director, nos hace pensar que estamos ante una de las claras favoritas para la próxima entrega de los Oscars. Por eso, después de disfrutarla en una sala de cine, uno ya no puede albergar ninguna duda de que lo es.

Carlos Sanz